lunes, 19 de marzo de 2012

Declinación de invitación a un funeral eterno


Realmente hay que tener agallas

para toparse con alguien sin fe.

¿Alguna vez te sucedió algo así?

Y claro que no hablo de la fe de los templos

sino de una pequeña, minúscula esperanza

en que las cosas puedan ir mejor.

Todas las cosas

o alguna de ellas.

No una esperanza idiota

de sonrisa de TV.

Una certeza allá en el horizonte

donde clavar las uñas hasta el fin.


Bien.


Hay gente que vive sin eso,

rompiendo a cada paso los cristales propios y ajenos

tallando los cristales, haciendo con ellos

dagas de destrucción masiva

contaminando el vino y la huella

y todo cuanto te sea vital.


Así son estos tipos

que se juntan con otros iguales a ellos

a potenciar la nada

mientras se meten dentro, sin arte

todo lo que encuentran

gratis

o dejando en ello los salarios de mierda

de sus trabajos de mierda

con los que pueden comprar veneno y mierda suficientes

y además

culpar al  mundo por sus vidas de mierda.

Gente que refresca veranos enteros

en mares de lágrimas ajenas.

Gente sin llave

que amordaza un bello pájaro interior

en laberintos en que nadie, nada, nunca.

Gente que pierde

que se pierde

que te pierde

en mitad de la calle,

en mitad de la noche,

en mitad de la vida

y se sacude de vos

como un perro en la lluvia

porque ya todo igual está perdido.

Gente sin historia, sin ahora, sin futuro

que juega al solitario pero te necesita

para asesinarte cada día

con sus dagas de cristal

de destrucción masiva.

martes, 8 de noviembre de 2011

LLUVIA



No es sólo que llueve

Es toda esa basura flotando afuera

Llevada por corrientes de agua sucia, sin destino

No es sólo la lluvia

Es que la gente se pelea cuando no puede salir

Ni a fumarse un cigarro a la puerta

Y los gatos se esconden en lugares imposibles

Como si el agua les robara el alma

De un modo tan poco elegante

No es la lluvia en sí

Es el tipo tratando de sostener el techo

Luchando contra el viento mojado

Que embolsa ventanas de cartón

Cortinas de mentira

Y  lame las patas de las desvencijadas camas

Y pone verdes los colchones

Que mañana

Un sol insoportable secará sin apuro

Y el mundo ficticiamente parecerá mejor

Sólo porque la lluvia habrá cesado.

miércoles, 23 de marzo de 2011

24 de Marzo: A 35 años del golpe militar de 1976.


Me han preguntado muchas veces por qué me importa tanto este tema. Tal vez sea porque la imagen de mi madre arrastrándome al baño en medio de ráfagas de ametralladora muy cercanas, constituye el primer recuerdo de mi vida. Quizás sea porque crecí mirando por la ventana de mi casa de Tolosa, los agujeros que por años dejaron en las paredes de enfrente los bombardeos de esa noche. O tal vez sea desde el momento en que un pequeño margen de error pudo haber desintegrado mi familia, cuando los militares dieron vuelta el moisés en el que yo viajaba en el viejo Citroen con mis padres, buscando armas en una requisa. Sin ningún dato pero con la certeza de que cualquier joven que anduviera en la calle a horarios inconvenientes podía tener al menos un pequeño motivo para desaparecer, hoy podría ocurrir que nadie estuviera escribiendo esto. No lo sé. Yo nunca me hice esta pregunta, las respuestas a mi interés desmedido han llegado a raudales a lo largo de todos estos años, me han ayudado a comprender el dolor, a tomar manos muy queridas, a acompañar incondicionalmente procesos durísimos, a sentirme extremadamente humana, a poder transmitirle a mi hijo el sentido de la lucha por la justicia en todos los planos de la vida.

He tratado de ser pedagógica y tolerante, pero no puedo negar cuánto me lastima la ignorancia y la liviandad con qué se aborda aún muchas veces esta cuestión. Mucha gente aún habla de “bandos”, abonando ingenuamente o no, la teoría militar de que aquí hubo una guerra, que por supuesto no tuvo lugar. Tantos ignoran o niegan lo que significa el TERRORISMO DE ESTADO. Un Estado que en lugar de cumplir con su función de defensa de la integridad de la vida de sus ciudadanos, se dedica a ejercer violencia en todas sus formas, formando a sus hombres para el secuestro, el saqueo, la tortura y la muerte, sistematizando el robo de niños y ocultando hasta nuestros días información sobre el paradero de 30.000 desaparecidos y más de 400 niños apropiados.

Veo gente exigiendo justicia para las víctimas de los Montoneros. Es la misma gente que niega el número incontrastable de las desapariciones con argumentos crueles como unas largas vacaciones en España o México, o se alegra del buen futuro obsequiado a los niños arrancados a sus padres (muy pocos a su criterio), que hoy ya siendo hombres tienen negada la posibilidad de su propia identidad. El tema de la lucha armada es controvertido y discutible. Pero en todo caso, si organizaciones clandestinas llevaban a cabo atentados contra bienes y personas en base a su fin político, éstos constituían un delito, cuyo juzgamiento el Estado tenía obligación de llevar adelante en lugar de la aberración sistematizada que constituyó su accionar. Para barrer de hipocresía el tema debo decir que jamás vi a los familiares de las víctimas de los Montoneros y otras organizaciones, luchar con el valor, la convicción y la sed de justicia que he visto en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Tal vez, una conciencia impura les impida enarbolar reclamos genuinos que dejen en paz a sus propias escasas víctimas. Sus voceros más populares han estado en el camino de lo más reaccionario y violento de esta sociedad encarnado por ejemplo en personajes como Cecilia Pando o Mariano Grondona.

Hoy he visto cómo gente muy joven dice que comparando el número de víctimas de la inseguridad actual con el de los desaparecidos, prefiere a los militares y otra enorme larga lista de exabruptos que abordan todos los modos posibles de la falta de respeto. Seré cruda para despejar dudas en algunas mentes confundidas. ¿Cómo reaccionarían quienes hoy piden constantemente “mano dura” para acabar con la “inseguridad”, si supieran que a su hermana, a su madre o a sus hijas le están introduciendo un tubo en la vagina por el que deslizarán una rata que devore vivos todos sus órganos genitales? ¿Soportarían esperar el nacimiento de un hijo soñado sobre una mesada de mármol, atados de pies y manos y ver de él sólo fugazmente su cordón umbilical pasado de mano en mano, de celda en celda antes de morir? ¿Cambiarían el fondo del Río de la Plata o una fosa común en un sitio desconocido, por el cementerio privado donde descansan sus muertos? ¿Cuáles serían sus instrumentos de lucha frente a semejantes atropellos de la dignidad humana?

En los últimos meses, hemos tenido que tolerar con horror y tristeza, en las inesperadas bocas de periodistas conversos, no ya el odio, ni la confrontación, ni el desmentir permanente y socavante de las verdades irrefutables que forman esta parte de nuestra historia reciente. Ahora, como una burla despiadada del espanto, tenemos el “cansancio de los 70”. Justo cuando los principales culpables son condenados por sus innumerables causas, justo cuando los máximos cómplices civiles tambalean por primera vez en sus inamovibles lugares de poder, ésta gente “se cansa”, instando a otra a descomprometerse, a olvidarse, a pisotear unas ruinas demasiado caras sobre las que nada podrá construírse jamás sin Justicia y Memoria.

Hay quienes además llaman revanchista o setentista a este Gobierno, por el enorme impulso dado a las causas de crímenes de delitos de lesa humanidad. Gente que preferiría que el cuadro del dictador Videla siguiera colgado allí de donde Néstor Kirchner obligó al General Bendini a bajarlo, devolviéndonos la Patria en ese gesto, en palabras de Hebe de Bonafini. Confunden venganza con Justicia, lo cual constituye un error conceptual imperdonable. ¿Olvidan acaso Hiroshima los japoneses, o los judíos el Holocausto? No he visto más amor que el que habita en las personas que luchan por hacer que no olvidemos el horror, por encontrar a su sangre perdida injustamente, por devolverle a esos hijos arrebatados un pequeño, último aliento de vida.

Invito este 24 de marzo a todos a leer o releer el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, NUNCA MAS, a marchar junto a otra gente en la ciudad en la que se encuentren para reivindicar la Memoria y la Justicia, a tomar alguna tarde de jueves el brazo de una Madre y compartir con ella al menos una vuelta a la Plaza, a ponerle vida a cada uno de esos seres que hoy desde las fotos en blanco y negro donde quedaron detenidos, nos miran a nosotros. Tal vez el conocer individualmente la historia personal, los sueños colectivos, el valor humano e intelectual de cada uno de los que hoy no está, pueda sacar a muchos de un terrible error. Quien avale estos crímenes o pretenda dejarlos en el olvido, deberá hacerse cargo de la clase de persona que es, en el sentido más puramente humano, que es el que reflejamos cuando miramos a nuestros hijos, cuando les enseñamos a amar a la familia, a la Patria, a la humanidad.

martes, 7 de diciembre de 2010

YO TAMBIEN TENGO MI PAJARO AZUL (¿LO TIENES TU?)


A Bukowski, porque la revelación de su "Pájaro azul", casi me sana.
Yo sólo me asomé
por curiosidad
tal vez demasiada
y vi un pájaro azul en una endeble jaula
esperando furtivas caricias
y no pude esperar
porque Waits cantó algo que me rompió por dentro.
Y no paré de caer
hasta que tomé una mano
una mano que detuvo mi caída
o cayó conmigo.
Yo ví morir al sol del otro lado
y maté a una niña que aún me lleva de luto.
Me maté a mí
y una mujer incierta toma el lugar vacío
y no me reconoce todavía
y yo no sé quién es
qué quiere
a qué ha venido.
Yo lloro por mi pájaro azul
No me importa decirlo
Sólo él y yo sabemos
cómo construír prisiones
tragarnos las llaves
hacernos los muertos
sobrevolar un tiempo extraño,
caótico,
como una larga noche sin luz ni alimento.

jueves, 21 de octubre de 2010

Ultimo Brindis (Borrachos, pero con flores).


Por aquel apretadísimo abrazo que nos dimos en la cocina del viejo Café de los Poetas. Por su ansiosamente esperada presencia siempre, su expresión desbordada de pelo revuelto y whisky, hermosa y viva. Por la emoción de mi padre escuchando "El viejo", sus palabras de amoroso aliento a un animal que da a luz, enseñando la vida de todos los modos posibles y la muerte, con la suya propia. Por quien me colgó un viejo walkman en un tren La Plata-Constitución y le dio play a "Angelitos", haciéndome un regalo que duraría para siempre. Por las noches frías y llenas de locura en que su voz encendía el fuego en el estéreo de un auto y la luna roja crecía desde el río iluminando en la distancia a Juan Lacaze, o tal vez una playa cubierta de ranas. Por las mañanas de mi verano más triste en que "P'al abrojal" me tiraba afuera de la cama. Por haberme traído el olor de los chupines populares y el de la pintura con que calafateaba el Perico Alcasotro. Por esa desmesura de carnaval de parches y palmas y seres simples de la que tanto aprendí entonces en clubes, bares y teatros pequeños y llenos de locos... tan parecida a la felicidad.
Por haberme enseñado que a la muerte se la putea, siempre.
Por tantos, tantos recuerdos que hoy se vuelven dulces puñales. Por vos, querido Saba, hasta que volvamos a vernos.

José Carbajal, El Sabalero. Uruguayo.
Juan Lacaze, 8 de Diciembre de 1943- Villa Argentina, Canelones, 21 de Octubre de 2010.
"Jamás una muerte mansa"

miércoles, 11 de agosto de 2010

LAS LIBRERÍAS


Llueve. La boca hirviente del subte me empuja hacia la superficie con su lengua de escalera mecánica. Aunque no quisiera salir, salgo. De modo que mis primeras palabras al ver la luz son Hotel Bauen, dado que es lo primero que veo al salir de la estación Callao del subte B. Y la noticia, como dije, es que llueve. Justo antes de bajar al intraterreno pensaba en la recurrente innecesariedad de mi paraguas, en su nulo sentido de la oportunidad. Pero ahora llueve. De todos modos es una de esas lluvias desganadas que suelen caer sobre Buenos Aires y que no sirven para cambiar los destinos de los paraguas olvidados en el fondo de las carteras femeninas.
Como sea, hay un problema. No hay modo de llegar temprano a un sitio si no se cuenta con los minutos que me detendré en cada librería de viejo sobre la calle Corrientes. Es una debilidad ancestral la mía que no puedo ni pretendo evitar. Allí estoy. Tratando de comprender por qué los libros del tercer estante no deben tocarse. Quiero saber varios precios del segundo estante y por las dudas llamo al librero. “Esto es como un supermercado”, me indica. “Se toma el libro y se fija uno el precio en la primera o segunda página”. Lo miro con una de esas miradas mías que advierten que yo puedo ser más irónica si quiero. Pero me está hablando en serio. “En el tercer estante eso no es posible porque si observa, se produciría un efecto dominó inmediato”, dice. Y es altamente probable, ahora que observo bien. “No faltará un desprevenido”, le digo. “No, nunca falta uno y me revienta”, concluye. Ahora surge un nuevo problema. No entiendo el número que indica el precio en la segunda página de modo que debo volver a llamar al librero y nos hacemos amigos. “No paro de molestarlo”, me disculpo. “Me encanta”, contesta, y me asesora y se va. Valoro esa actitud servicial y distante a la vez. Tengo aversión por los vendedores moscardones. Me dan fobia, sépanlo la próxima vez que me muestre muy maleducada.
Finalmente voy al mostrador con mi compra. “Ah, apareció algo”, se alegra. “Apareció mucho más de lo que me llevo, naturalmente”, le digo. Y efectivamente, han quedado ahí durmiendo en el segundo estante, ejemplares mínimo para tres o cuatro visitas como ésta. Les he susurrado, “espérenme ahí, quietos, que nadie les ponga una mano encima, son míos” y secretamente he confiado en que así será, aunque ya sabemos que eso sólo ocurre en las películas. Me llevo un Miller (Henry, aunque un Arthur estaría muy bien también) que hace años presté y no me devolvieron, Las aventuras de Tom Sawyer para mi hijo dentro de unos años y Los Idolos, de Manucho Mujica Láinez. En la vitrina de la caja, junto a billetes y monedas de colección, veo un pequeño papelito rosado con una cita de Anatole France avalando el robo de libros. “No estoy de acuerdo”, le digo al librero, señalando el papel. “Yo tampoco”, me contesta. En ese momento crucial tomo la decisión: Ya no prestaré.
El librero, -ahora que estamos frente a frente lo confirmo-, huele mucho a vino. Es un aliento reconfortante, que va con el ambiente y me llena de evocaciones. Hablamos un rato. Percibo que se demora de más en buscar una bolsa, me pregunta si debo viajar lejos con el paquete, se detiene en un nudo doble. Mientras, me transmite técnicas de recuperación de libros prestados/perdidos (a esta altura concordamos en que el hecho es un claro delito de hurto). Hay pocas cosas sagradas y cada quién tiene su inventario, pero supongo que entre éste hombre y yo, los libros y la bebida estarían en un lugar privilegiado.
Con sus manos blancas y lentas, el librero se detiene en cada uno de los libros que he comprado, mirándome luego cada vez. Me hace preguntarme cuánto tendrán que ver éstos libros conmigo y creo que él trata de saberlo también, porque corona el ritual con un asentimiento de cabeza. Me ha dado su bendición. O a los libros. Me hace la cuenta con ademanes, haciendo aspavientos cuando le hago notar que me está cobrando unos pocos pesos de menos. Y ya con mi paquete en mano, seguimos hablando aún unos instantes de cosas nimias y nos ponemos muy lejos de esos fantasmas que entran sin saludar, recorren y se van sin decir una palabra ni hacer una pregunta, que son los mismos que a menudo tiran todos los libros del tercer estante al suelo y avergonzados tratan en vano de volver a ordenarlos… justo en este antro de palabras alineadas, donde reina este hombre de aliento a vino y ya no llueve afuera, y otra vez llego tarde a todas partes por demorarme en la librería.

martes, 10 de agosto de 2010

PALABRAS

Mis palabras caen como gotas de lluvia
O de vino tinto sobre un mantel blanco
Caen como flechas rotas
Como aludes
Crudas, abiertas, sangrantes
No te detengas en ellas
Sólo están cayendo
Como caigo yo
Algunas tardes

Yo
Que no me puedo nombrar
Que no me puedo acordar
Que no me quiero olvidar
A mí

Lo que puedo decir
No sirve
Si no puedo nombrar lo que siento

Mis palabras caen como trozos de espejo
O de personas sobre un campo nevado
Caen como agua helada
Como lava
Errantes, nuevas, misteriosas.
No te acomodes en ellas
Juegan conmigo
Como juego yo
Con el silencio.