
Me han preguntado muchas veces por qué me importa tanto este tema. Tal vez sea porque la imagen de mi madre arrastrándome al baño en medio de ráfagas de ametralladora muy cercanas, constituye el primer recuerdo de mi vida. Quizás sea porque crecí mirando por la ventana de mi casa de Tolosa, los agujeros que por años dejaron en las paredes de enfrente los bombardeos de esa noche. O tal vez sea desde el momento en que un pequeño margen de error pudo haber desintegrado mi familia, cuando los militares dieron vuelta el moisés en el que yo viajaba en el viejo Citroen con mis padres, buscando armas en una requisa. Sin ningún dato pero con la certeza de que cualquier joven que anduviera en la calle a horarios inconvenientes podía tener al menos un pequeño motivo para desaparecer, hoy podría ocurrir que nadie estuviera escribiendo esto. No lo sé. Yo nunca me hice esta pregunta, las respuestas a mi interés desmedido han llegado a raudales a lo largo de todos estos años, me han ayudado a comprender el dolor, a tomar manos muy queridas, a acompañar incondicionalmente procesos durísimos, a sentirme extremadamente humana, a poder transmitirle a mi hijo el sentido de la lucha por la justicia en todos los planos de la vida.
He tratado de ser pedagógica y tolerante, pero no puedo negar cuánto me lastima la ignorancia y la liviandad con qué se aborda aún muchas veces esta cuestión. Mucha gente aún habla de “bandos”, abonando ingenuamente o no, la teoría militar de que aquí hubo una guerra, que por supuesto no tuvo lugar. Tantos ignoran o niegan lo que significa el TERRORISMO DE ESTADO. Un Estado que en lugar de cumplir con su función de defensa de la integridad de la vida de sus ciudadanos, se dedica a ejercer violencia en todas sus formas, formando a sus hombres para el secuestro, el saqueo, la tortura y la muerte, sistematizando el robo de niños y ocultando hasta nuestros días información sobre el paradero de 30.000 desaparecidos y más de 400 niños apropiados.
Veo gente exigiendo justicia para las víctimas de los Montoneros. Es la misma gente que niega el número incontrastable de las desapariciones con argumentos crueles como unas largas vacaciones en España o México, o se alegra del buen futuro obsequiado a los niños arrancados a sus padres (muy pocos a su criterio), que hoy ya siendo hombres tienen negada la posibilidad de su propia identidad. El tema de la lucha armada es controvertido y discutible. Pero en todo caso, si organizaciones clandestinas llevaban a cabo atentados contra bienes y personas en base a su fin político, éstos constituían un delito, cuyo juzgamiento el Estado tenía obligación de llevar adelante en lugar de la aberración sistematizada que constituyó su accionar. Para barrer de hipocresía el tema debo decir que jamás vi a los familiares de las víctimas de los Montoneros y otras organizaciones, luchar con el valor, la convicción y la sed de justicia que he visto en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Tal vez, una conciencia impura les impida enarbolar reclamos genuinos que dejen en paz a sus propias escasas víctimas. Sus voceros más populares han estado en el camino de lo más reaccionario y violento de esta sociedad encarnado por ejemplo en personajes como Cecilia Pando o Mariano Grondona.
Hoy he visto cómo gente muy joven dice que comparando el número de víctimas de la inseguridad actual con el de los desaparecidos, prefiere a los militares y otra enorme larga lista de exabruptos que abordan todos los modos posibles de la falta de respeto. Seré cruda para despejar dudas en algunas mentes confundidas. ¿Cómo reaccionarían quienes hoy piden constantemente “mano dura” para acabar con la “inseguridad”, si supieran que a su hermana, a su madre o a sus hijas le están introduciendo un tubo en la vagina por el que deslizarán una rata que devore vivos todos sus órganos genitales? ¿Soportarían esperar el nacimiento de un hijo soñado sobre una mesada de mármol, atados de pies y manos y ver de él sólo fugazmente su cordón umbilical pasado de mano en mano, de celda en celda antes de morir? ¿Cambiarían el fondo del Río de la Plata o una fosa común en un sitio desconocido, por el cementerio privado donde descansan sus muertos? ¿Cuáles serían sus instrumentos de lucha frente a semejantes atropellos de la dignidad humana?
En los últimos meses, hemos tenido que tolerar con horror y tristeza, en las inesperadas bocas de periodistas conversos, no ya el odio, ni la confrontación, ni el desmentir permanente y socavante de las verdades irrefutables que forman esta parte de nuestra historia reciente. Ahora, como una burla despiadada del espanto, tenemos el “cansancio de los 70”. Justo cuando los principales culpables son condenados por sus innumerables causas, justo cuando los máximos cómplices civiles tambalean por primera vez en sus inamovibles lugares de poder, ésta gente “se cansa”, instando a otra a descomprometerse, a olvidarse, a pisotear unas ruinas demasiado caras sobre las que nada podrá construírse jamás sin Justicia y Memoria.
Hay quienes además llaman revanchista o setentista a este Gobierno, por el enorme impulso dado a las causas de crímenes de delitos de lesa humanidad. Gente que preferiría que el cuadro del dictador Videla siguiera colgado allí de donde Néstor Kirchner obligó al General Bendini a bajarlo, devolviéndonos la Patria en ese gesto, en palabras de Hebe de Bonafini. Confunden venganza con Justicia, lo cual constituye un error conceptual imperdonable. ¿Olvidan acaso Hiroshima los japoneses, o los judíos el Holocausto? No he visto más amor que el que habita en las personas que luchan por hacer que no olvidemos el horror, por encontrar a su sangre perdida injustamente, por devolverle a esos hijos arrebatados un pequeño, último aliento de vida.
Invito este 24 de marzo a todos a leer o releer el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, NUNCA MAS, a marchar junto a otra gente en la ciudad en la que se encuentren para reivindicar la Memoria y la Justicia, a tomar alguna tarde de jueves el brazo de una Madre y compartir con ella al menos una vuelta a la Plaza, a ponerle vida a cada uno de esos seres que hoy desde las fotos en blanco y negro donde quedaron detenidos, nos miran a nosotros. Tal vez el conocer individualmente la historia personal, los sueños colectivos, el valor humano e intelectual de cada uno de los que hoy no está, pueda sacar a muchos de un terrible error. Quien avale estos crímenes o pretenda dejarlos en el olvido, deberá hacerse cargo de la clase de persona que es, en el sentido más puramente humano, que es el que reflejamos cuando miramos a nuestros hijos, cuando les enseñamos a amar a la familia, a la Patria, a la humanidad.