| Fotos: Silvina Iñiguez |
miércoles, 4 de septiembre de 2013
PALABRAS
O de vino tinto sobre un mantel blanco
Caen como flechas rotas
Como aludes
Crudas, abiertas, sangrantes
No te detengas en ellas
Sólo están cayendo
Como caigo yo
Algunas tardes
Yo
Que no me puedo nombrar
Que no me puedo acordar
Que no me quiero olvidar
A mí
Lo que puedo decir
No sirve
Si no puedo nombrar lo que siento
Mis palabras caen como trozos de espejo
O de personas sobre un campo nevado
Caen como agua helada
Como lava
Errantes, nuevas, misteriosas.
No te acomodes en ellas
Juegan conmigo
Como juego yo
Con el silencio.
Fotos y Poema: Silvina Iñiguez
jueves, 21 de octubre de 2010
Ultimo Brindis (Borrachos, pero con flores).

Por aquel apretadísimo abrazo que nos dimos en la cocina del viejo Café de los Poetas. Por su ansiosamente esperada presencia siempre, su expresión desbordada de pelo revuelto y whisky, hermosa y viva. Por la emoción de mi padre escuchando "El viejo", sus palabras de amoroso aliento a un animal que da a luz, enseñando la vida de todos los modos posibles y la muerte, con la suya propia. Por quien me colgó un viejo walkman en un tren La Plata-Constitución y le dio play a "Angelitos", haciéndome un regalo que duraría para siempre. Por las noches frías y llenas de locura en que su voz encendía el fuego en el estéreo de un auto y la luna roja crecía desde el río iluminando en la distancia a Juan Lacaze, o tal vez una playa cubierta de ranas. Por las mañanas de mi verano más triste en que "P'al abrojal" me tiraba afuera de la cama. Por haberme traído el olor de los chupines populares y el de la pintura con que calafateaba el Perico Alcasotro. Por esa desmesura de carnaval de parches y palmas y seres simples de la que tanto aprendí entonces en clubes, bares y teatros pequeños y llenos de locos... tan parecida a la felicidad.
Por haberme enseñado que a la muerte se la putea, siempre.
Por tantos, tantos recuerdos que hoy se vuelven dulces puñales. Por vos, querido Saba, hasta que volvamos a vernos.
José Carbajal, El Sabalero. Uruguayo.
Juan Lacaze, 8 de Diciembre de 1943- Villa Argentina, Canelones, 21 de Octubre de 2010.
"Jamás una muerte mansa"
Mural.
Juan Lacaze, Uruguay.
miércoles, 11 de agosto de 2010
LAS LIBRERÍAS

Llueve. La boca hirviente del subte me empuja hacia la superficie con su lengua de escalera mecánica. Aunque no quisiera salir, salgo. De modo que mis primeras palabras al ver la luz son Hotel Bauen, dado que es lo primero que veo al salir de la estación Callao del subte B. Y la noticia, como dije, es que llueve. Justo antes de bajar al intraterreno pensaba en la recurrente innecesariedad de mi paraguas, en su nulo sentido de la oportunidad. Pero ahora llueve. De todos modos es una de esas lluvias desganadas que suelen caer sobre Buenos Aires y que no sirven para cambiar los destinos de los paraguas olvidados en el fondo de las carteras femeninas.
Como sea, hay un problema. No hay modo de llegar temprano a un sitio si no se cuenta con los minutos que me detendré en cada librería de viejo sobre la calle Corrientes. Es una debilidad ancestral la mía que no puedo ni pretendo evitar. Allí estoy. Tratando de comprender por qué los libros del tercer estante no deben tocarse. Quiero saber varios precios del segundo estante y por las dudas llamo al librero. “Esto es como un supermercado”, me indica. “Se toma el libro y se fija uno el precio en la primera o segunda página”. Lo miro con una de esas miradas mías que advierten que yo puedo ser más irónica si quiero. Pero me está hablando en serio. “En el tercer estante eso no es posible porque si observa, se produciría un efecto dominó inmediato”, dice. Y es altamente probable, ahora que observo bien. “No faltará un desprevenido”, le digo. “No, nunca falta uno y me revienta”, concluye. Ahora surge un nuevo problema. No entiendo el número que indica el precio en la segunda página de modo que debo volver a llamar al librero y nos hacemos amigos. “No paro de molestarlo”, me disculpo. “Me encanta”, contesta, y me asesora y se va. Valoro esa actitud servicial y distante a la vez. Tengo aversión por los vendedores moscardones. Me dan fobia, sépanlo la próxima vez que me muestre muy maleducada.
Finalmente voy al mostrador con mi compra. “Ah, apareció algo”, se alegra. “Apareció mucho más de lo que me llevo, naturalmente”, le digo. Y efectivamente, han quedado ahí durmiendo en el segundo estante, ejemplares mínimo para tres o cuatro visitas como ésta. Les he susurrado, “espérenme ahí, quietos, que nadie les ponga una mano encima, son míos” y secretamente he confiado en que así será, aunque ya sabemos que eso sólo ocurre en las películas. Me llevo un Miller (Henry, aunque un Arthur estaría muy bien también) que hace años presté y no me devolvieron, Las aventuras de Tom Sawyer para mi hijo dentro de unos años y Los Idolos, de Manucho Mujica Láinez. En la vitrina de la caja, junto a billetes y monedas de colección, veo un pequeño papelito rosado con una cita de Anatole France avalando el robo de libros. “No estoy de acuerdo”, le digo al librero, señalando el papel. “Yo tampoco”, me contesta. En ese momento crucial tomo la decisión: Ya no prestaré.
El librero, -ahora que estamos frente a frente lo confirmo-, huele mucho a vino. Es un aliento reconfortante, que va con el ambiente y me llena de evocaciones. Hablamos un rato. Percibo que se demora de más en buscar una bolsa, me pregunta si debo viajar lejos con el paquete, se detiene en un nudo doble. Mientras, me transmite técnicas de recuperación de libros prestados/perdidos (a esta altura concordamos en que el hecho es un claro delito de hurto). Hay pocas cosas sagradas y cada quién tiene su inventario, pero supongo que entre éste hombre y yo, los libros y la bebida estarían en un lugar privilegiado.
Con sus manos blancas y lentas, el librero se detiene en cada uno de los libros que he comprado, mirándome luego cada vez. Me hace preguntarme cuánto tendrán que ver éstos libros conmigo y creo que él trata de saberlo también, porque corona el ritual con un asentimiento de cabeza. Me ha dado su bendición. O a los libros. Me hace la cuenta con ademanes, haciendo aspavientos cuando le hago notar que me está cobrando unos pocos pesos de menos. Y ya con mi paquete en mano, seguimos hablando aún unos instantes de cosas nimias y nos ponemos muy lejos de esos fantasmas que entran sin saludar, recorren y se van sin decir una palabra ni hacer una pregunta, que son los mismos que a menudo tiran todos los libros del tercer estante al suelo y avergonzados tratan en vano de volver a ordenarlos… justo en este antro de palabras alineadas, donde reina este hombre de aliento a vino y ya no llueve afuera, y otra vez llego tarde a todas partes por demorarme en la librería.
martes, 29 de junio de 2010
Polo dixit
viernes, 11 de junio de 2010
BARES DE ESTACION
En estos bares siempre es de noche
Y siempre canta un tren cercano
Llegando o alejándose de la estación
Cemento, hierro y mierda de palomas
Aquí es usual que sea la única mujer
O una de las dos o tres
Y no hay más
Ni siquiera una que grite por el hediondo baño
Y la cerveza está helada
Siempre
Y es lo suficientemente barata,
Siempre
Y un tipo en la barra gesticula
Y la voz le sale de un agujero en el cuello
Un agujero como un ojo
Que increpa a los que aún tienen garganta
Y callan
Con sus propias gargantas ardiendo de alcohol
Con sus enrojecidos rostros,
Sus manos miserables, vacías
Poco que perder
Mucho que beber
Habíamos decidido tomar un café
Pero vino el mozo y dijimos
“Una Quilmes”
Y esa fue sólo la primer botella
Y afuera anocheció realmente
Y un viento helado entraba por la puerta
Cada vez que alguien llegaba,
O se iba
Como los trenes.
Y siempre canta un tren cercano
Llegando o alejándose de la estación
Cemento, hierro y mierda de palomas
Aquí es usual que sea la única mujer
O una de las dos o tres
Y no hay más
Ni siquiera una que grite por el hediondo baño
Y la cerveza está helada
Siempre
Y es lo suficientemente barata,
Siempre
Y un tipo en la barra gesticula
Y la voz le sale de un agujero en el cuello
Un agujero como un ojo
Que increpa a los que aún tienen garganta
Y callan
Con sus propias gargantas ardiendo de alcohol
Con sus enrojecidos rostros,
Sus manos miserables, vacías
Poco que perder
Mucho que beber
Habíamos decidido tomar un café
Pero vino el mozo y dijimos
“Una Quilmes”
Y esa fue sólo la primer botella
Y afuera anocheció realmente
Y un viento helado entraba por la puerta
Cada vez que alguien llegaba,
O se iba
Como los trenes.
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