Como un pájaro negro
en un atardecer de insólitos colores,
se acerca la muerte.
Nadie pronuncia la palabra
que todos saben y esperan.
Y entonces ocurre.
Una mano separa mi mano de la mano perdida.
El mundo se oscurece
cubierto por un velo
o un hálito brutal de incertidumbre.
Más pronto de lo que hubiéramos querido, que era nunca. India, madre, cantora de nuestro pueblo, de nuestro continente. Maravillosa mujer que nos ha envuelto en su poncho y nos ha hecho cantar en cada rincón del mundo haciéndonos libres y profundamente humanos. Atravesando el dolor, las pérdidas, la enorme soledad le ha dado al mundo cuánta cosa bella ha podido albergar, con una generosidad sin límites. Cuánta tristeza. Aunque no se irá nunca, era más cómodo vivir sabiéndola viva, era menos gris, menos desigual el mundo, más tolerable. Los que vivimos cargando la cruz de las adormecidas sensibilidades ajenas gozamos de la vida como nadie y sufrimos dolores de espanto. Cada vez que muere un artista nos sacan de la espalda una mano que sostiene y trastabillamos un poco. Por suerte se resiste porque ese es el legado de quienes nos dejan. Querida Mercedes… Gracias. Hasta que volvamos a encontrarnos.